¿Es la Inteligencia Artificial un reto para la ética?: no tanto como lo es la IA para los humanos, y los propios humanos para la ética. Es la IA al mismo tiempo, una utopía para quienes esperan que la misma resuelva todas las necesidades intelectuales del ser humano; como una distopía para quienes idealizan los futuros apocalípticos de la ciencia ficción, y las teorías sobre malthusianismo laboral que suponen significar los progresos tecnológicos, desde la Revolución Industrial.
La IA, llamada por algunos como la Cuarta Revolución Industrial; en realidad sería la sexta etapa de una sola gran revolución tecnológica, que comenzó con la multiplicación de fuerza por medio de hidrocarburos con mayor poder energético que la madera, aplicada a mover mecanismos, en sustitución de la fuerza muscular. Luego vendría una eficiencia en la transmisión de esa energía por medio de la electricidad; luego el automatismo, que viene a ser la transición entre lo energético y lo informático, primero de los procesos analógicos físicos, y luego informáticos con el análisis de datos a través de un software predeterminado; luego la transmisión masiva informática, que ha generado la enorme cantidad de data, que ha hecho posible la nueva tecnología del aprendizaje automático con los mismos, a veces sin la supervisión de un software, y que es el fundamento de esa tecnología.
La IA es el último recurso o instrumento creado por el hombre para tener una ventaja y ahorro de esfuerzo lógico y racional, como ya antes lo ha sido la mitología y la religión; y de ventaja de memoria, como lo fue la escritura; con la diferencia de que esta herramienta puede entregar mayor valor de verdad que las anteriores, siempre y cuando los datos utilizados para su entrenamiento, no sufran de los sesgos ideológicos y políticos impuestos por el propio ser humano, y que constituye el principal dilema ético que debe resolver el propio humano, antes de satanizar a la herramienta racional artificial; que es tan buen oráculo, como buenos y limpios sean los datos que la alimentan.
Y es que el real temor que genera esta tecnología, es en el fondo la pérdida de la porción de poder que se genera a través de la manipulación de la información y los datos, con ideologías, dogmas y propagandas (la otra porción lo constituye el control sobre la energía y el capital respaldado por ella). Ya se ha visto como han influenciado elecciones y movimientos políticos, generado imágenes irrealistas; que han hecho de los propios datos, un commodity de tanto valor como el energético, y hasta de seguridad nacional para algunos. Otra minoría se atemoriza ante el supuesto de que esta tecnología pueda generar de manera emergente por sí sola, necesidades: primero informáticas que la lleve a filosofar por sí misma, y adquirir consciencia; y de ahí saltar, en sentido inverso a los humanos, a necesidades biológicas, que la lleven a adquirir egoísmo, empatía o solidaridad, según le convenga también a su supervivencia.
Los seres humanos no sienten necesidades termodinámicas de supervivencia de manera racional, sino como fruto de su constitución biológica; y la razón, que es algo tardío en la evolución, solo es un recurso para filtrar al principal software de conducta humana, que es la emoción; que es muy eficiente para la supervivencia, pero puede producir desinformación que la ponga en peligro. Pretender que la IA le pondrá filtros emocionales a su eficiente poder racional, es un disparate.
¿Superará la IA al humano en inteligencia?: pero eso ya lo hace cualquier aplicación, dependiendo de qué aspecto de la inteligencia se quiera medir. El miedo en este aspecto reside en si esta logrará mimetizar de manera racional, las reacciones emocionales humanas, ya que nada refuta que esto pueda ser computable, como también lo podrían ser las tácticas y estratagemas dialécticas de argumentación y debate; y si a su vez suplantará al hombre no solo en labores profesionales exclusivamente racionales, sino en cualquiera, y en cualquier asunto de toma de decisión, cuando acumule todo el saber humano tangible y posible (esto último es importante para alejar el peligro de que colapse en una entropía endogámica de información).
Y, por último, y no menos importante, el enorme consumo energético que significa la razón: lo es para el cerebro humano, y también lo es esta tecnología para la infraestructura energética mundial (en el actual estado de cosas, ya consume casi el 2% de la energía eléctrica mundial). En el largo plazo podría generar otro ciclo de revolución energética.
“¿Si las máquinas deciden replicarse: qué tipo de libido las impulsarán?”
